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Ignacio Caparrós

Encendida ceniza (1996-1998)

Este libro, publicado en 1998 en la Colección de Bolsillo, nº 37 de Cajasur, Córdoba, 1998, del que supongo que aún quedan en sus inaccseibles e innegociables almacenes muchos ejemplares de los 1000 que se tiraron, es consecuencia de un "autocastigo" que me impuse, por haber publicado en mi primer libro, Sombra de la sombra que soy, dos sonetos que estaban mal medidos, pese a haber aprobado con el numero 9 de España, entre más de seiscientos contrincantes, -eran muy otros tiempos- la oposición al cuerpo de Profesores de Secundaria -entonces F.P.- en el '81, defendiendo el tema de la Métrica Española -paradojas de la vida-. De aquel "autocastigo", surgieron éste y otro libro, Deseo de la luz, del que hablaré en otro artículo. Tras haber escrito más de 500 sonetos, acopié un material suficiente, parte del cual está recogido en esta obra. Se trata, pues, de un conjunto de 31 sonetos, en el que ahondo en sus muchas variedades métricas y de rima, y en el que, básicamente, afronto temas como el amor, la propia poesía, el paso del tiempo y la muerte, muy presente en estos poemas como consecuencia de la pérdida de mi padre y de un sobrino de cuatro años, ambos por distintas circunstancias, en el aciago 1993. A partir de entonces, comprendí qu eso de la rima y del verso medido y bien acentuado tenía mucho que ver, y que decir, en el proceso de la creación poética. Y aun cuando no usé, posteriormente, salvo en algunas ocasiones, esos artificios, ellos articularon muchas de mis obras posteriores y mi aún prematuramente descubierta pasión por la traducción analógica. De ello tuvo la agraciada culpa un ser particular y difícil, como lo son los genios, al que ya empecé a considerar como mi padre lírico y mi maestro, Antonio Romero Márquez, uno de los mejores poetas vivos, y de los más desconocidos, al que continúo venerando y admirando, y del que sigo aprendiendo pautas de vida y conocimiento, aunque, en ocasiones, que son muchas, discrepemos.

                             OCIO

Dejar que el tiempo pase sin premura,

mecerse en su vaivén sin exigencias

Sentarse a ver el cielo cómo apura

hasta el delirio sus incandescencias.

                              *

Vivir serenamente cada instante

como una eternidad perecedera.

Sentir el flujo vivo, palpitante,

en que escapa la dicha que se espera.

                                *

Fundirse con el todo y con la nada.

No pensar. No quejarse de la espina.

No desnudar el alma desahuciada.

                                 *

Ser la brisa que nadie recrimina

o ese temblor que rompe la alborada.

Y ser la luz que todo lo ilumina.

                             ***

                     ESPADA DE FUEGO

¡Te expulso del edén por ser tú mismo,

por querer elevarte hasta la cima!

La sombra que a la blanca luz se arrima

es Ícaro que cae hacia el abismo.

                              *

¡Te condeno a temblar en el seísmo

del corazón que en vano se lastima!

¡Te condeno a la voz que, muda, es sima,

su agónica locura, su exorcismo!

                              *

¡Sal de aquí, manco albatros del deseo!

¡En balde llorarás, oh triste Orfeo!

¡Errarás por la tierra, desterrado,

                              *

desolado y sin sol que te caliente!

¡Será tu gloria el verso que, mordiente,

congele el fuego con que te he expulsado!

                                  ***

                          ARTE POÉTICA

Teñir de sangre el pensamiento mudo.

Alzar en luz a la palabra oscura.

Nombrar silencios, como quien procura

liberar al ahogado por un nudo.

                             *

Enfrentarse a la vida, concienzudo,

como razón que apela a la locura

-divino rayo-, que es la luz que cura

a quien Jasón se sabe sin escudo.

                              *

Sentir que no hay palabra traicionera.

Saber que no es mentira lo que escribes.

Dejarse en cada verso el alma umbría.

                               *

Abrirse el corazón por vez primera,

náufrago de sus ciénagas y aljibes,

y entre sus algas ser LA POESÍA.

                            ***

                   ÚLTIMA VOLUNTAD

                                            A mi padre

Que no cubran de flores mi desnudez oscura

ni con lágrimas rieguen la sequedad desierta

de mi boca. Que nadie perturbe la hermosura

de haberme vuelto roca, negra cal, rosa muerta.

                                        *

Que no evoquen siquiera el son de mi palabra,

reconstruyan mi vida o mis sueños inventen.

¡Esa puerta, cerradla! ¡Que nunca nadie la abra,

que estoy durmiendo el sueño de los que ya no sienten!

                                           *

Dejad que en luz la noche me ciegue entre sus astros

y que en lugar de sangre me nutran anchos mares.

Dejadme en paz, que estoy buscándome en los rastros

de mi apagado sol, volviendo a mis pilares,

donde en ascuas me abraso de fríos alabastros

y en agua torno al agua de claros hontanares.

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