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Ignacio Caparrós

Testamento (1999)

Este librito fue publicado en edición bilingüe español-italiano en la Colección "I quaderni della valle", traducido por Emilio Coco y editado en Italia, 1999, con una tirada de 500 ejemplares, hoy agotada. Su contenido es fruto de múltiples desazones y desengaños, así como de una después infundada presunción de cercanía de la muerte.

                                    CUANDO ME VAYA

En las cimas nevadas de las olas;

en el nácar del alba sobre el agua;

en el foulard nervioso de la luna

sobre el abrigo oscuro de la playa.

En la cuna mecida por la brisa

de palmeras y sauces, nubes blancas;

en perfumadas pérgolas de rosas;

en los copos del fuego, en las biznagas.

En el rojo estertor de las encinas,

alumbrando las frías madrugadas;

en el humo de otoño y en el llanto

de los cirros colgados de las ramas.

En el hielo del viento, en las coronas

de colinas, volcanes y montañas;

en las desahibitadas calles grises

que enovillan nieblas, luces lasas.

                              *

En los besos de espuma del deseo;

en los ojos de jóvenes muchachas;

en el pañuelo al viento de los brazos

sobre el cuerpo desnudo de las sábanas.

En el buque del mar, mecido a solas,

por estrellas y lunas embriagadas;

en las sales de orillas por los muslos;

en los rayos del hielo de las aulagas.

En el negro tizón de las pavesas,

crepitando su luz entre las llamas;

en los mustios ocasos y en las risas

de la lluvia filtrándose en las savias.

En el fulgor de espejo de las nieves

sobre aleros, aceras y ventanas;

en las pobladas urbes del cansancio

que hilvanan con azufre telarañas.

                               *

En el brillo del ojo que imagina

sus conquistas de mundos y palabras.

En los labios que liban sus ponzoñas,

sus conceptos robados a la lava.

En la angustia de hiel de las ideas

con sus sienes de luz encrucijada.

En la serena paz de todo limbo

que es edén de esa voz que ansía el alma.

En todo yo: mi juventud de esquirla,

mi madurez de sol, mi sombra anciana,

mi verso vuelto azogue en la conciencia

del hombre que se sabe en la ignorancia.

                                  *

En todo al fin, en toda vida nueva,

en cada numen, cuando yo me vaya.

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Del desencanto y otras pesadumbres (1997)

Este libro, con el que obtuve en el 2000 el Premio Ciudad de Valencia "Vicente Gaos", publicado en edición de 1000 ejemplares, que hoy imagino ya agotada, por la Editorial Algar, Valencia, 2001, responde a la necesidad catártica que en 1997 yo tenía de liberarme de cuantas angustias y desazones pesaban sobre mí, a consecuencia de las injustificadas y sectarias críticas que recibía, casi a diario, por haber "osado", según criterio de algunos envidiosos y mal intencionados, aceptar la Dirección del Centro Cultural "Generación del 27", de la Diputación de Málaga, cargo que ejercí con denodada entrega hasta septiembre de 1999. Así pues, se trata de una obra llena de dureza y amargura, que, una vez publicada, tanto gustó a quienes la leyeron.

 

 

 

                       MENTIRAS

La verdad es mentira, el amor un engaño,

la amistad, mientras dura, algún tanto por ciento

y, si nada, el olvido, la transferencia urgente

a otra espalda corriente que abrazar con más rédito.

                                    *

Y baldío el afán, estéril la familia,

inútil nuestra apuesta de vida contra el cero,

y un erial el jardín y raquítico el árbol

y mala copia el libro y el hijo en que creemos.

                                      *

Ridícula es la prisa, la muerte está en la pausa.

De lápida el silencio que talla endiosamientos

y el grito de la sangre, amordazando bocas

de cuyas aguas brotan los mentidos deseos.

                                         *

Y falso el cachemir, el jean con etiqueta,

la mano temblorosa que dice ser el cielo,

mas juega al odio o mata si no recauda limbos,

y el whisky que fumamos y el Winston que bebemos.

                                          *

Y mentira las nubes que amamantan tormentas,

porque dejan los ríos como vientres patéticos,

y los vientos que piafan como mansos caballos,

porque son estampidas de las aguas sin freno.

                                            *

La pasión es un ave, cuyas anclas de nieve

ejercitan su rumbo de naufragio del fuego.

Y mentira sus islas, sus rojos horizontes,

su volcán, su lapilli, su vergel o su cieno.

                                               *

Y mentira la noche con el sol de la luna,

las estrellas que sueñan en el mar ser espejos

y la yedra que cree ser la selva del muro

y la rosa que esculpe sus fugaces destellos.

                                                  *

Todo mentira, todo. Y mentira esta mano,

este pecho que escribe. Esta mano, este pecho

que jamás estuvieron al servicio de nadie.

(¡Róbame tú el fulgor que en mi sombra conservo!)

                                                   *

Y si todo falacia, de antemano perdido,

y mentira también que seamos eternos,

pues mentira que exista del inicuo el castigo

y del puro su edén, continuaré escribiendo

                                                   *  

que es mentira la mar que por mis venas fluye

y el agua de esta sangre que embriaga mi silencio,

sus fúlgidos veneros, y sus podridas vides,

y mentira la vida que yo siembre en mis versos.

                                        ***

 

Nunca abráis cicatrices en serenos cadáveres,

porque puede que os salgan

al vuelo sus pupilas

y creáis que los muertos os sonríen de asco.

                             ***

 

                         ESOS DÍAS

Hay días como estacas que, inesperadamente,

empalan sus instantes en los ojos serenos,

momentos que parecen cartuchos ya encendidos

que estallan en segundos la paz que se persigue.

Son golpes sin sentido que todo lo destruyen:

el vino que en la copa se vuelve hiel o coágulo,

la playa que de pronto se torna estercolero,

la luz que es excremento de paloma apaleada,

el pan que se endurece apenas si tocado.

Esos días son horas de aciagos infinitos,

relámpagos que rompen el sol en ciegas nubes,

el tiempo derretido en lágrimas y lágrimas,

esos turbios meandros de las íntimas ciénagas,

donde el desdén le arranca su corola al deseo,

porque es mejor la siembra del lodo y la discordia

que la rosa del niño que desangra armonías.

Que no quiero esos días que estrangulan latidos,

esos sucios despechos que ennublecen mis ojos

ni la carne que mancha con sus bilis mis labios

cuando sólo el afán la atavía de poma,

lo saben mis momentos de amor meditabundo,

esa voz que me fuerza a ser siempre un guerrero

que se enfrenta a sí mismo, a sus francas mentiras

en la guerra sin días de un hombre con su sombra.

Que no, que no los quiero, por más que oculten luces

de trascendencia ingrave, de fatal inmanencia,

de compartida sed de los ríos del alma

que en sus veneros siembran sus precarios hallazgos.

Esos días carcomen mi materia y mi pluma,

más aún que el aliento que me mata de vida.

Que no, que no... Prefiero mis acedos instantes,

esos soles umbríos que a las noches les robo.

De esos días tremendos, inevitables, guardo

la ofrenda del dolor en mis necios denuedos,

la hiel del desencanto en mis ebrias pupilas,

la firmeza del sueño que moldea mi espíritu

y un sorbo de las lágrimas que enturbian mis afanes,

para nunca olvidar que esos días funestos

en que el alma se vuelve dinosaurio de piedra,

un mamut de silencio o una tierna alimaña,

una flor que se pisa o se arranca de cuajo,

porque duele que ofrezca su esplendor para nadie,

no son sólo los filos que atraviesan mi espalda,

la piedra que se lanza contra el gato dormido,

la púa en que se esconde la humillación del fuego,

sino el tiro que todos recibimos a veces,

en esos turbios días que nos matan de pronto.

Deseo de la luz (1996)

Este libro tiene mucho de enigmático. Según referí en el comentario a Encendida ceniza, tras haber publicado en mi primer libro dos sonetos fallidos, me autoimpuse el "castigo" de escribir sonetos hasta lograr el dominio de su exigente y constreñida estructura. En 1996, fecha de nacimiento de mi hijo Ignacio, andaba practicando con sonetos "urbanos", algunos de ellos incluidos en mi libro inédito Las larvas. El 17 de julio nacía Ignacio y, tras estar en el hospital unas horas con mi mujer y él, regresé a mi trabajo cotidiano y nocturno de tallador de versos, entonces en el Rincón de la Victoria, donde vivíamos. Aquella noche, como al dictado de una voz ajena a mi voluntad, escribí siete sonetos de una factura perfecta, algunos de ellos alirados, y que nada tenían que ver con  los ejercicios que estaba practicando. Diecisiete días después, casi en un arrobo extático, acabé de escribir este libro, compuesto por 40 sonetos y 56 liras, todos ellos de carácter místico, género que en mi vida pensé que abordaría, pese a la mucha admiración que desde adolescente crearon en mí los poemas de San Juan de la Cruz, Santa Teresa de Jesús y Fray Luis de León. Nota curiosa de este libro es que en las 56 liras centrales que lo sustentan cualquier rima usada en una estrofa no se vuelve a repetir en ninguna de las siguientes, artificio con el que, consciente y voluntariamente trabajo hoy, en 2006, sobre un nuevo libro, en el que llevo enfarragado desde hace meses. Como no me fiaba de que en 18 días hubiese fuerza humana capaz de elaborar una obra tan ajena a mi persona y, en apariencia, tan perfecta y acabada, dejé reposar este libro en el sombrío silencio de uno de mis cajones secretos durante dos años, pasados los cuales lo volví a releer, pensando que algo o mucho habría que mejorar en él. Fui incapaz de tachar un solo verso, a riesgo de echar a perder la tallada perfección de cada uno de ellos. Ese mismo año de 1998 lo presenté al Premio "Bahía", galardón que gané para mi estupefacción y orgullo. Publicado al año siguiente en edición de 500 ejemplares, hoy agotada, este libro sigue hoy para mí envuelto en un halo de misterio que tal vez algún día desvele. Está dedicado a mi sobrino Nacho, que se ahogó en una piscina a los cuatro años.

                                IV

A veces, me parece el sol la fuente

azul de tu amorosa llama viva.

Sin su esplendor, aquí cautiva,

no hallo el calor que me caliente.

                            *

Del frío oscuro su letal nepente

alimenta mi llama sensitiva:

brasa mortal que en mí cultiva

la mustia flor de su simiente.

                             *

Sofoca esta visión que, falsa, anuda

mis alas con un sol que se consume

en las regiones negras y desiertas.

                              *

El sol que en las alturas se desnuda

privándome de luz, mientras presume

de las flores que va dejando muertas.

                                  ***

                             XIII

Los fugaces contentos de la vida,

sus íntimas y trágicas dolencias,

sus agrias soledades, sus querencias,

la flor que nace y crece, desvalida;

                              *

la fuerza juvenil, después batida,

sus plácidas y mágicas vivencias,

sus fuegos apagados, sus esencias,

la feble senectud, tan desasida...

                              *

Todo dulce y sufrido sentimiento,

todo engaño de vana pesadumbre,

la urdimbre en que se traman los deseos.

                               *

Aquí encerrada, siento que no siento,

que nada me entretiene en mi costumbre

de gozar con mis juegos y recreos.

                               ***

                          IV

¡Estréchame, mi siervo,

olvídate de todo desatino!

Junto a mí te preservo,

uniendo tu destino

humano al río fértil y divino.

                     *

Bajo el frescor del sauce,

al aire de salud de mis edenes,

verás abierto el cauce

de mi gracia en tus sienes

al beso de este amor con que me tienes.

                              *

¡Adéntrate en mis brazos,

remansa tus angustias, tus anhelos!

Tu vida, hecha pedazos,

tus lirios por los suelos,

se cubren de esplendor, cuando, sin velos,

                              *

de mi savia y mi tierra

te fertilizas. Que a los dos, fecundo,

tal viento de la sierra,

os llevo a lo pronfundo

por florecer de nuevo en otro mundo.

                           *

Por ello te perdono,

por ello nuevamente te bautizo.

Por eso yo te dono,

como conmigo se hizo,

el rayo de mi gracia, quebradizo.

                        *

Mantén viva su llama,

alienta su esplendor de claras luces.

Recuerda que ella te ama,

pues que tú la conduces,

aplacando el dolor de tantas cruces.

                            *

Prosigue ya tu senda,

que aún te queda tiempo entre los hombres.

Prosíguela y encienda

tu viva voz los nombres,

para que tú, asombrado, nos asombres.

                              ***

                            XXXV

Presiento inevitable tu llamada

de sombra que se adentra aquí en mi pecho.

Es pronto aún -lo sé-, mas tú me has hecho

la seña inconfundible con tu espada.

                             *

Nada detiene ya mi entrega, nada.

Sólo resta pasar el negro trecho

que hacia tu luz me lleve al fin derecho,

dar el paso fatal hacia tu rada.

                          *

Está ya preparado el escenario,

los actores y actrices ya vestidos

por si abres el telón de la tragedia.

                          *

¡Ya voy! ¡Cúbreme al fin con tu sudario

de líquido temblor, que en sus gemidos

ciegue las luces de esta ruin comedia!

 

 

 

                                                      

La llama rota (1998-2001)

Este libro cierra la tetralogía a que hice mención en El cuerpo del delito. Escrito en 1998 y revisado en profundidad en 2001, obtuvo el Premio Internacional "Ciudad de Trujillo" en 2003. Fue publicado por el Ayuntamiento de Trujillo en 2003 y se editaron 1000 ejemplares, de los que yo tengo aproximadamente la mitad. Como no soy distribuidor, sólo se puede encontrar en la Librería Luces de Málaga. En esta obra rompo definitivamente con el turbulento mundo pasional de décadas anteriores y comienzo una etapa de introspección y reflexión ética, estética y existencial que presidirá y articulará muchas de mis obras posteriores. Aquí hay cuatro mujeres: la compañera de toda la vida (poemas I, V, IX, XIII, XVII, XXI, XXVI, XXX, XXXIV, XXXVIII, XLII, XLVI) la mujer ideal (seguir la serie desde el poema II), la mujer pasional (seguir la serie desde el poema III) y la propia poesía (cerrar la serie desde el poema IV), a las que, en ese orden y de forma continuada, les voy dedicando los distintos poemas del libro, que comienza con estos versos que le sirven de pórtico:

                                                    Sólo me busco a ti en sus labios,

                                                    en mi sed de vestigio por sus ojos.

                                                    Por eso en vuestras manos desfallecen

                                                    estas llamas de vidrio en que me rompo. 

 

                                                          ***

 

                               V

Que sean mis silencios la voz de tus anhelos,

la paz de tus caricias mis ausencias,

mi sombra desolada el sol del patio

donde crecen la yuca y el magnolio,

sin flor aún ni altura suficiente

para que junto a ti me quede, viendo

cómo el aire remansa sus urgencias

en el fugaz temblor de nuestras manos plácidas.

                                        *

Que sean tus carencias la voz de mis latidos,

la luz de mis denuedos tus rescoldos,

tu sombra esperanzada el sol de casa

donde ululan palomas y relojes,

sin alas todavía ni distancia

para que junto a mí te quedes, viendo

cómo levanta el vuelo la tormenta,

dejándonos en paz, para el eterno abrazo.

                                   ***

                                     XX

Te pareces al hambre, a la sed y al insomnio:

boca que anhela el pan y no mastica;

labio que ansía el agua y no succiona;

párpado que desea el sueño y tiembla.

Vocablo:son e imagen imposibles;

alimento que mata ante lo inane;

líquido sin esófago, desvelo

del alma que en su celda agita sus grilletes.

                              *

Te conozco detrás de mi propia anorexia:

ala que anhela el cielo y no se alza;

arpa sin cuerdas en la voz del aire;

brújula inquieta al sur de toda duda.

Llama rota, volcán sin lava, ardor,

aguas sin cauces, cirro, biombo al sueño

del yacer apacible, como un hombre.

Pero no, porque tú eres el pan de lo insaciable.

 

Máscaras del silencio (1996-1998)

Este libro, publicado por la Editorial Huerga y Fierro, Colección "Fenice", nº 51, Madrid, 1998, en edición de 1000 ejemplares, de los que supongo que habrá existencias,  quedó finalista del Premio Andalucía de la Crítica y del Premio Nacional de la Crítica en 1998. Se trata de la obra más demoledora, desconsolada y dura que yo haya escrito hasta el momento, en circunstancias de desazón existencial y profesional -yo entonces ejercía como Director del Centro "Generación del 27"- que me llevaron incluso a pensar en el suicidio. En su solapa aparecía este comentario: "Máscaras del silencio es el resultado escéptico de un profundo sondeo introspectivo que el poeta lleva a cabo sin concesiones, desvelando falsedades e impotencias que se esconden tras la apariencia amable de sentimientos como el amor o la amistad, a la vez que la descarnada aceptación de la soledad, de la esterilidad de la poesía como proceso de comunicación y de la muerte como único logro de nuestros nimios afanes. Con un lenguaje hermético que aporta la creación de nuevos vocablos y de inquietantes referencias simbólicas, Ignacio Caparrós llega a conclusiones demoledoras, en las que apenas cabe el aliento de la esperanza". Sólo añadiré una anécdota. Cuando en noviembre del '98 presenté este libro en el Ateneo de Madrid, Antonio Hernández, que hizo las veces de presentador, me preguntó: "¿Y después de haber escrito un libro como éste, qué más vas a escribir?" Mi respuesta fue el silencio.

 

Los colmillos del lobo corroboran

la incisiva amenaza de sus ojos.

Igual que los espejos, si nos miran,

mostrándonos las máscaras que somos,

la complicada urdimbre de falacias

con que hablamos el lenguaje del silencio

y esa luz en los iris, desvaída,

que lucen, apagada ya, los muertos.

 

                                ***

 

Una púa detrás de cada labio.

Una zarpa arañando la caricia.

Una piedra en la frente de la rosa.

Un gusano en la piel de los relojes.

                              *

¿Por qué entonces la soga, la mordaza,

el pavor de las máscaras sin ojos,

la torva desazón de los espejos

si sólo de silencios se iluminan?

                              *

Acaso la costumbre de los ríos

se cifre en su disfraz de mar en fuga

de sí mismos.

                          Acaso de la sangre

sólo quepa esperar la voz del desencanto.

 

                                 ***

 

Miradme. ¿Veis mi máscara de sombra,

la sombra de mi luz en mi silencio,

el silencio que os mira desde estos ojos tristes,

como espejos velados que reflejan olvidos?

                                     *

Miradme, contempladme al fondo.

En el pozo del tiempo ahogué mis palomas,

esas brisas ya libres de argumentos inútiles,

el fulgor de mis sueños sin anclajes ni miedos.

                                        *

Ahora, inevitablemente,

de los oscuro brotaron pensamientos y rosas.

Y aun cuando porto antifaces

-que os dan grima los desnudos-,

a nadie se le escapa que se me vuela el alma

                                        *

por los cristales rotos de mis pupilas.

Miradme. ¿No me veis?

Aquel niño que fui es hoy la brasa viva

de quien apuesta todo, para ganar perdiendo.

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Encendida ceniza (1996-1998)

Este libro, publicado en 1998 en la Colección de Bolsillo, nº 37 de Cajasur, Córdoba, 1998, del que supongo que aún quedan en sus inaccseibles e innegociables almacenes muchos ejemplares de los 1000 que se tiraron, es consecuencia de un "autocastigo" que me impuse, por haber publicado en mi primer libro, Sombra de la sombra que soy, dos sonetos que estaban mal medidos, pese a haber aprobado con el numero 9 de España, entre más de seiscientos contrincantes, -eran muy otros tiempos- la oposición al cuerpo de Profesores de Secundaria -entonces F.P.- en el '81, defendiendo el tema de la Métrica Española -paradojas de la vida-. De aquel "autocastigo", surgieron éste y otro libro, Deseo de la luz, del que hablaré en otro artículo. Tras haber escrito más de 500 sonetos, acopié un material suficiente, parte del cual está recogido en esta obra. Se trata, pues, de un conjunto de 31 sonetos, en el que ahondo en sus muchas variedades métricas y de rima, y en el que, básicamente, afronto temas como el amor, la propia poesía, el paso del tiempo y la muerte, muy presente en estos poemas como consecuencia de la pérdida de mi padre y de un sobrino de cuatro años, ambos por distintas circunstancias, en el aciago 1993. A partir de entonces, comprendí qu eso de la rima y del verso medido y bien acentuado tenía mucho que ver, y que decir, en el proceso de la creación poética. Y aun cuando no usé, posteriormente, salvo en algunas ocasiones, esos artificios, ellos articularon muchas de mis obras posteriores y mi aún prematuramente descubierta pasión por la traducción analógica. De ello tuvo la agraciada culpa un ser particular y difícil, como lo son los genios, al que ya empecé a considerar como mi padre lírico y mi maestro, Antonio Romero Márquez, uno de los mejores poetas vivos, y de los más desconocidos, al que continúo venerando y admirando, y del que sigo aprendiendo pautas de vida y conocimiento, aunque, en ocasiones, que son muchas, discrepemos.

                             OCIO

Dejar que el tiempo pase sin premura,

mecerse en su vaivén sin exigencias

Sentarse a ver el cielo cómo apura

hasta el delirio sus incandescencias.

                              *

Vivir serenamente cada instante

como una eternidad perecedera.

Sentir el flujo vivo, palpitante,

en que escapa la dicha que se espera.

                                *

Fundirse con el todo y con la nada.

No pensar. No quejarse de la espina.

No desnudar el alma desahuciada.

                                 *

Ser la brisa que nadie recrimina

o ese temblor que rompe la alborada.

Y ser la luz que todo lo ilumina.

                             ***

                     ESPADA DE FUEGO

¡Te expulso del edén por ser tú mismo,

por querer elevarte hasta la cima!

La sombra que a la blanca luz se arrima

es Ícaro que cae hacia el abismo.

                              *

¡Te condeno a temblar en el seísmo

del corazón que en vano se lastima!

¡Te condeno a la voz que, muda, es sima,

su agónica locura, su exorcismo!

                              *

¡Sal de aquí, manco albatros del deseo!

¡En balde llorarás, oh triste Orfeo!

¡Errarás por la tierra, desterrado,

                              *

desolado y sin sol que te caliente!

¡Será tu gloria el verso que, mordiente,

congele el fuego con que te he expulsado!

                                  ***

                          ARTE POÉTICA

Teñir de sangre el pensamiento mudo.

Alzar en luz a la palabra oscura.

Nombrar silencios, como quien procura

liberar al ahogado por un nudo.

                             *

Enfrentarse a la vida, concienzudo,

como razón que apela a la locura

-divino rayo-, que es la luz que cura

a quien Jasón se sabe sin escudo.

                              *

Sentir que no hay palabra traicionera.

Saber que no es mentira lo que escribes.

Dejarse en cada verso el alma umbría.

                               *

Abrirse el corazón por vez primera,

náufrago de sus ciénagas y aljibes,

y entre sus algas ser LA POESÍA.

                            ***

                   ÚLTIMA VOLUNTAD

                                            A mi padre

Que no cubran de flores mi desnudez oscura

ni con lágrimas rieguen la sequedad desierta

de mi boca. Que nadie perturbe la hermosura

de haberme vuelto roca, negra cal, rosa muerta.

                                        *

Que no evoquen siquiera el son de mi palabra,

reconstruyan mi vida o mis sueños inventen.

¡Esa puerta, cerradla! ¡Que nunca nadie la abra,

que estoy durmiendo el sueño de los que ya no sienten!

                                           *

Dejad que en luz la noche me ciegue entre sus astros

y que en lugar de sangre me nutran anchos mares.

Dejadme en paz, que estoy buscándome en los rastros

de mi apagado sol, volviendo a mis pilares,

donde en ascuas me abraso de fríos alabastros

y en agua torno al agua de claros hontanares.

Raíz del limbo, 1997

El mismo año en que escribí Del mar y sus despojos, elaboré Raíz del limbo. Este libro, uno de mis preferidos y de los más personales, fue publicado por el Ayuntamiento de Málaga en 2001 y de él se tiraron 1000 ejemplares, de los que aún quedan existencias, aunque no en librerías. También es una obra que rinde homenaje, pero en este caso a la Málaga de mi infancia y adolescencia, a la vez que constituye una denuncia sobre la dejadez y el cainismo de los malagueños para con su ciudad y los suyos. El título habla, no de la ciudad del paraíso que quería ver en ella Vicente Aleixandre, sino de una ciudad sumida en el limbo de la apatía y la indiferencia ante su suciedad, su abandono o su especulación urbanística. Todos los poemas van dedicados a alguien de Málaga. La ilustración de portada es de Carmen Ramírez.

                                EL PUERTO

                                              A Alfonso Canales

Abierto está el balcón a turbios diques:

visillos que se impregnan de sus sales,

de petróleos, gramíneas y de herrines

que siembran férreas aves por los aires.

                                   *

A lo lejos, la mar anubla escorzos

de navíos que sueñan con aceras.

Palpita una falúa por los morros,

poblado de cangrejos y gangrenas.

                                 *

Abierta está la lonja al viento denso

de la aurora que merca sus heridas.

Se subasta el azul y sin descuento

se venden las diademas de la brisa.

                                  *

Las gaviotas se mecen, soñadoras,

en los pliegues del lirio de la albada.

Abierto está el balcón sin más a todas

las rúbricas del sol cada mañana.  

                             ***

                        CALLE CÍSTER

                                         A mi hermano Javier

El cierro sigue ahí. La casa sola.

Cerrados los balcones y postigos.

Acaso alguna vez vi alguna sombra,

alguna luz de nuevos inquilinos.

                            *

Calle Afligidos, Pedro de Toledo,

apenas diferentes a esos años

en que no eran las horas voz del tiempo,

sino instantes de magia en sus espacios.

                                 *

Calle Cañón, jardines catedrales,

entornos de mi infancia ya vencida,

solitaria de ensueños y ansiedades

entre vidrios, libélulas y enigmas.

                             *

El cierro sigue ahí, mas ya vetusto

de sales y humedades, cales mustias.

No está el quiosco de Emilio y ya no busco

al niño que inventó su luz obtusa.

                                                                                                                                                                                        

Del mar y sus despojos, 1997

Este libro ha sido el único que escribí y publiqué en el mismo año. Fue editado en la Colección "Puente de la Aurora", nº XVII, Málaga, 1997, con una tirada de 500 ejemplares, hoy agotada. Esta obra, inspirada fundamentalmente por El cementerio marino de Paul Valéry, quería ser mi personal homenaje al Mediterráneo. Su tratamiento lírico devino, a medida que avanzaba en su composición, en una visión épica y catastrofista de un mar que siempre me ha fascinado, pero al que veía en serio peligro de fatal contaminación. De ahí el pesimismo con que la obra va creciendo. Compuesta con versos endecasílabos blancos, os ofrezco aquí las dos primeras estrofas, que son las que constituyen su Preámbulo.

Lentas gaviotas, leves nubes plácidas,

que pobláis el azul igual que almas,

vosotras el aviso del destino

que el hombre ha de cumplir por sus raíces

de mar que se detiene en sus latidos

a contemplar la luz que amansa el cielo

o que iracundo quiebra sus vidrieras

sobre las rocas rotas por sus furias.

Esa mar que es eterna voz o eco

de pretéritos siglos y de afanes

que lloran las gaviotas en la arena.

                            ***

Conozco vuestros versos de elegía,

cuando la brisa os mece u os conducen

presagios de tormenta hacia la altura

de montes y azoteas familiares

que os protejan del mal que avienta el aire.

Y os quiso quejumbrosamente hozando

en la basura humana que os hacina

como a ratas, pues no os procura el piélago

la plata palpitante de su espuma.

Vuestros versos de mar embalsamado,

como los míos, gritan sus despojos. 

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